domingo, 12 de enero de 2014

CAMBIOS TRASCEDENTALES



            Comenzó con un pequeño zumbido que terminó por despertarlo en la madrugada, a pesar de su habitual sueño de plomo y los efectos de los tragos que libó esa tarde para celebrar el triunfo en las elecciones. A decir verdad, la francachela había comenzado una semana antes. Para nadie era un secreto, menos para los compañeros del Movimiento por la Integración, que sería él quien ostentara el cargo de Concejal. Por eso, con la confirmación de los resultados y bajo el complot de sus camaradas, la fiesta no dudó en tomar proporciones bacanales.  Luego de la celebración, llegó a casa y, sin dedicar un segundo a la esposa colérica e indignada que, en vigilia y en un aparente estado de tranquilidad, le esperaba, subió directo al cuarto para caer, como una pelota de Bowling, sobre la cama. Sin embargo, el zumbido insistente acabó por perturbar los efectos de la ingesta de alcohol. Se preocupó. Tantos desafueros en los últimos tiempos podían haberle alterado la presión arterial. “No-se tranquilizó-, soy un deportista. Para algo dedico una hora diría al entrenamiento físico”. Acomodó la almohada, ignorando la molestia que sólo le avisaba la proximidad de ciertos cambios trascendentales en su vida. En la mañana, aquel ronroneo perturbador no era más que un vago recuerdo.
            Pero el zumbido no se fue. Todas las noches y a la misma hora aparecía. La aplicación del medicamento ótico era ineficaz. Así que decidió consultar a un especialista que, después de un examen exhaustivo, concluyó:
            -Usted lo que tiene es un exceso de limpieza. Deje de usar hisopos, si no desea que la resequedad le lesione el conducto auditivo.
            Luego de la consulta y sin saber por qué,  pudo dormir de nuevo, como un bebé. No le duró la dicha. En esa oportunidad, no fue un zumbido, sino la cama que se bamboleaba. Sobresaltado, creyó que eran los efectos de un sismo. Al cabo de unos segundos, todo había pasado, como si nada. Su esposa ni se enteró. Mejor dejarla tranquila. No obstante, la siguiente noche, cuando soñaba con todas las ventajas de su nombramiento, sintió el mismo bamboleo. Ahí sí que la despertó:
-Amor…, amor…, está temblando.
            -¡Qué temblor, ni qué temblor, chico, déjame dormir!
           Ellos vivían en una zona anti-sísmica. Lo que no implicaba que a la naturaleza no le diera por sacudirse alguna vez. “¿Y si es el oído lo que me causa esta sensación de inestabilidad?” Consultado de nuevo, el especialista le aconsejó untar el hisopo con aceite y pasarlo con sumo cuidado por el canal auditivo para lubricarlo. Le aseguró que pronto recobraría la normalidad. Después de un montón de hisopeaos, regresó la calma nocturna…, hasta que una voz le hizo brincar en la penumbra:
            -¡Asómate a la ventana!
            ¿Era la voz de su esposa? En medio de la noche, ella acostumbraba ir a la cocina por agua fría. Un día, rodó por las escaleras, con la secuela de un esguince. Desde entonces, era él quien buscaba el agua. Encendió la lámpara. Comprobó que la mujer no podía haber hablado, roncaba como un gandul. “Sólo es mi imaginación”-dijo.
            Sin embargo, la misma voz y a la misma hora, persistía en resquebrajar la placidez de su sueño:
            -¡Asómate a la ventana!
            Él no iba a dejar el calor de la cama para obedecer, por algo sin sentido.
            Cada mañana aparcaba su vehículo al pie de El Avila, la montaña que amurallaba la ciudad, para subir por las laderas, hasta Sabas Nieves. Entre la vegetación y el agradable clima, y frente una vista extraordinaria, realizaba la rutina de ejercicios físicos. En los últimos tiempos el abdomen, producto de los excesos gastronómicos, se resistía a ellos. Con todo, la incipiente barriga aún no le opacaba su buena figura. Si no que lo dijera Amelia, su secretaria, o Virginia, la abogada del Despacho contiguo, o Micaela, la vecina, que poca importancia le daba a la institución familiar, aplicando una política libertina del buen vecino. Todas le hacían sentir como un dios del Olimpo. Marianita, su esposa, se la pasaba en la luna o extraviada en el limbo. Nunca le reclamaba nada.       
Las responsabilidades de la oficina y las expectativas del nuevo cargo lo apartaron de sus perturbaciones nocturnas. Más importantes eran las aspiraciones del cargo público que tanto había anhelado. Ahora soñaba con cambiar de casa y de carro. Las buenas relaciones y los contratos onerosos no se harían esperar. 
-Ya le veré el queso a la tostada.
Se acercaba la fecha de su cumpleaños. Una ocasión para invitar a lo más rancio del sector económico de la ciudad y a los políticos más avezados. Contaba con Marianita para que todo resultara perfecto. En la víspera, la excitación por lo que él esperaba convertir en el acontecimiento del año, no le permitía dormir. Fue al estudio. Comenzó a revisar algunos asuntos pendientes. Tuvo que parar. La voz, que ya le resultaba familiar, le ordenó:
-¡Asómate a la ventana!
Lo hizo. El cielo sin luna y la montaña un lomo oscuro. “¡Ahora yo escuchando voces! ¿Estaré enloqueciendo?” Ya volvía al escritorio, cuando un destello en movimiento le sorprendió. Una esfera de colores brillantes se aproximaba. ¿Un avión? No. Entonces, ¿qué era? “¿Estoy alucinando?” La esfera hacía piruetas, como para confirmar su existencia real. ¿Un ovni?  Esas eran cosas del cine o de novela… ¿O no?
-¡Ahora sí, tú creyendo en zoquetadas!-exclamó, corriendo a la habitación.  
Abrazó a su esposa. Luego de un tiempo, pudo dormir. Los sueños se plagaron de marcianos y naves espaciales. Al despertar, se convenció de que había sufrido una pesadilla.  Deportivo y perfumado, fue a cumplir con su rutina física. Se despidió de la esposa con un beso.
-Por favor, amor, regresa pronto-pidió ella, conteniendo la impotencia por no poder evitar las salidas de su esposo-. Hay muchas cosas qué hacer para esta noche. Necesito que me ayudes.
-Prometido. Quiero que la fiesta sea un éxito.
En el camino tuvo un presentimiento, algo inquietante que le hizo mirar hacia las nubes. Recordó el episodio nocturno.
-¡Tonterías!
Próximo a las laderas de El Avila, le sucedió algo impensable. Sin atravesar un espacio tridimensional, ni subir por una rampa, ni ser aspirado por un haz de luces, estaba dentro de un platillo volador. En un simple pestañeo, se enfrentó, cara a cara, a un ser inverosímil y a una extraña realidad, que flotaban entre unos olores de otro mundo. La mirada de aquella criatura, plácida como una laguna, no lo tranquilizó. Menos cuando, al hablar, un chirrido  de los mil espantos casi le destroza los oídos. El ser galáctico le implantó un mínimo dispositivo en la frente. Un traductor sensorial y telepático, que le permitía adaptarse a la situación. Así, los olores se transformaron en una combinación de sándalo, pino y lavanda. Y los chirridos, en palabras cálidas y comprensibles.
-Bienvenido, terrícola.
En casa del concejal se removían brisas de desconcierto. Los invitados y la prensa local se preguntaban, entre bebidas y tentempiés, dónde podía estar metido el cumpleañero. No llamaba, ni aparecía. Los amigos, cómplices, se miraban y sonreían:
-Este concejal sí se las juega bien. Seguro que anda con una de sus admiradoras.
Entre tanto, Marianita, a punto de ebullición, se preguntaba con quién, de las tantas, se divertía su marido. Claro que no se daba por enterada. Prefería la candidez de la ignorancia al descaro de la verdad, a soportar públicamente las infidelidades maritales. Artista en el arte del disimulo, pudo darle a la ira un cariz de preocupación. Cuando se fueron los invitados, les dijo a los hijos que era hora de avisar a la policía, más para dejarlo en evidencia, que por temor a un accidente. “¡Ojala le haya ocurrido algo en verdad porque, si no, mejor le valdrá estar muerto!”, pensaba, mientras deshacía el revuelo del festejo.
Corrían las horas y nada del paradero del concejal. Los rumores iban y venían: “secuestrado por traficantes”, “muerto en algún farallón de la montaña”, “víctima de sus enemigos”… Los investigadores policiales no daban con pista alguna. La desaparición del hombre era un misterio. Para Marianita, estaba claro: “¡Se fugó con una de sus amantes!”. Pero, antes muerta que aceptarlo frente a los invitados.
El tiempo en el espacio era diferente. Los tres días que pasó el concejal con el espécimen cósmico fueron extraordinarios. Aprendió sobre ecología universal, cosa que podía usar en su propio peculio. El objetivo de su traslado a la nave: llevar a la Tierra el mensaje de convivencia armónica sideral. ¿Por qué él? Porque era preciso dar con alguien racional y pragmático. El extraterrestre asumía que a los terrícolas románticos y soñadores, se les tomaba por utópicos o charlatanes. Y el mensaje debía ser creíble y aceptado. Eso sí, era responsabilidad del emisario hacer cumplir los cambios que beneficiarían tanto a este planeta como al sistema galáctico en general. “De algo estoy seguro-se dijo el concejal-, me concentraré en cambiar mi entorno, mientras me proporcione buenos dividendos. Este tipo no tiene por qué enterarse de lo que estoy pensando”. El extraterrestre lo observaba.
El concejal se despidió. Además del traductor sensorial, llevaba un tatuaje pequeño, con la forma del planeta Saturno, en la base de la oreja, y un sombrero extravagante hecho de una planta galáctica, regalos signos de compromiso y amistad. Así como arribó a la nave, en otro pestañeo, manejaba de nuevo por las calles estrechas de Jají, un pueblo ubicado entre los parajes de Los Andes venezolanos, lejos del hogar. Sacó el teléfono celular y dio fe de vida a la familia.
De camino a casa, iba feliz. Tanta sabiduría para sus propios intereses. “¡Qué importancia me daré! Me esperan fortuna y mujeres. No puedo pedir más. ¡Soy un elegido!” Respiró profundo, mientras se acomodaba el sombrero. El olor a sándalo-pino-lavanda inundaba la mañana fresca. “¡Qué sería del mundo sin mí!”. En la nave, el extraterrestre le leía los pensamientos.
-¡Ahí viene!-gritaron todos.
La multitud expectante alrededor de la casa y los jardines. Las cámaras de los noticieros en posición para atrapar el mejor ángulo. En la puerta, entre lágrimas, abrazos y sonrisas, la familia lo esperaba para correr hacia él… No más pisar el suelo, se hizo el silencio. De la cabeza le colgaba un guindalejo espantoso.  El olor nauseabundo del estrafalario sombrero se instaló en las fosas nasales de los presentes. ¿Por qué estaba el honorable concejal en calzoncillos? ¿Qué traía en la testa? ¿Un racimo de plátanos podridos? El asombro sofocó las palabras, hasta que alguien dijo en voz baja:
-Uy, creo que el concejal se volvió loco.
-¿Loco?-se miraban unos a otros.
-Sí, loco… loco… loco…
El rumor explotó: ¡El concejal está loco! El pobre hombre no entendía nada. Asustado,  supo sobreponerse al clamor. Entonces, comenzó a hablar sobre su experiencia cósmica. Con cada palabra, aumentaba el sentimiento general de demencia. La gente reía, los hijos lloraban. La esposa, lejana y pensativa.
-Por favor, Marianita, ayúdame-suplicó el concejal.
Ella exclamó:
-¡Ay, Dios, mi maridito enloqueció!
No le preocupaba el espectáculo. Al contrario, le era reconfortante la desesperación de su esposo. No impidió que le pusieran la camisa de fuerza. Tantos años de humillación tenían su precio. Además, el mundo no necesitaba individuos como él. Más adelante, cuando se sintiera recompensada, tal vez lo ayudaría a salir del sanatorio mental.
Atado como un bollo, el concejal comprendió que se esfumaban sus delirios de grandeza. Ahora debía avocarse a convencer a los loqueros de que él no era un orate, sino un elegido intergaláctico. La actitud de su mujer no hacía más que reafirmar lo que siempre había pensado: “¡Qué va a entender esta boba la fenomenal experiencia que acabo de pasar! No entiendo cómo me casé con ella. Tan pueril…, tan ignorante... Ya verá cuando salga de esto. El divorcio será lo de menos.”
 Los enfermeros le ordenaron subir a la ambulancia. Se resistió hasta el agotamiento. Mariana, dulce y sumisa, se acercó para darle un beso en la mejilla. Hizo a un lado la larga melena. El concejal pudo distinguir el pequeño Saturno en la base de la delicada oreja.

Olga Cortez Barbera

Imagen: es.123rf

2 comentarios:

  1. Gracias por el estupendo relato... y este blog estremecido por un hondo aliento poético!!

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  2. Gracias a ti, por dedicar tiempo para leer mi blog.

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