domingo, 29 de junio de 2014

EL ÁRBOL DE LOS NIDOS




Soy un árbol. Un árbol que se quejaba todo el tiempo de su mala suerte. ¿Por qué estaba yo abandonado en medio de una llanura tan grande y sin ninguno cerca? Más allá jugaban los naranjos con los pájaros y los abejorros. Por eso, muerto de envidia, protestaba sacudiéndome las hojas. De tanto hacerlo, me transformé en un ramaje pelado y gruñón.  
Los días eran muy largos. Las noches mucho más. Hasta que llegó una chicharra que se aferró a mi corteza para cantarle al sol del mediodía. Eso me desconcertó. No estaba acostumbrado a  recibir visitas. En vez de darle la bienvenida, exclamé:
-¡Qué escandalosa eres! ¡¿No ves que estoy descansando?!
-¿Descansando de qué?-quiso saber.
-De todo-respondí-. Quiero que te vayas con tu chillido a otra parte.
No me hizo caso. Al contrario, dijo que quería quedarse conmigo. Me veía tan solito, que decidió hacerme compañía. Sorprendido, no se me ocurría nada para espantarla. Así que di un ronco suspiro.
-¿Por qué estás tan molesto?- preguntó.
Parecía sincera. Eso desinfló mi mal humor.
-Ay, es que siento celos de los árboles que están allá, compartiendo tan alegremente…
-Tal vez porque no son malhumorados como tú. Por eso tienen un montón de amigos.
-¿Tú crees? Uhm… ¿Me podrías decir qué debo hacer?
-Fácil, compañero. Deja de quejarte y de gruñir.
Me costó un poco, pero cuando lo logré, me sobró tiempo para descubrir el universo extraordinario que me rodeaba: el nacimiento del día, las puestas de sol, la luz de la luna y el centelleo de las estrellas. Entonces, pude disfrutar del cielo, de la lluvia, del canto agudo de mi amiga y de sus interesantes conversaciones de insecto de mundo. Me contó todo lo que había visto en sus viajes.  Me daba tanto gusto que, rápidamente, mis ramas empezaron a retoñar de nuevo.
-¡Qué guapo estás!-dijo la chicharra a los días-. Ahora eres un árbol frondoso.
-Sí, pero nadie se ha acercado.
-Espera un poco y verás.
Tenía razón. Una tarde, me sorprendió un trino:
-Biribiribiribi… Biribiribiribi
Luego una vocecilla:
-Árbol…, árbol… ¿Puedo descansar en tus ramas?
-El tiempo que quieras-contesté.
A mi mal genio lo había barrido el viento.
El  ave estaba tan cansada, que se durmió hasta el otro día. Al despertar, sacudió las plumas y dijo:
-Gracias, árbol. Dormí como un oso en invierno. Eres muy amable, pero debo partir.
La chicharra comentó:
-Ahora verás lo que te espera, amigo mío…
El ave divulgó mi hospitalidad por todas partes. Sus amigos llegaban en bandadas. Paraulatas, turpiales y ruiseñores se adueñaron de mi ramaje. Unas se iban al amanecer. Otras comenzaron a hacer sus nidos. Supe lo que era despertar con la dulce armonía de los trinos. Más tarde llegaron las ardillas y las abejas con sus fábricas de miel. Hasta una pereza, a la que le costó mucho tiempo llegar y subir a la rama más alta, se dejó cautivar por mi amabilidad. Yo me sentía dichoso. Debajo de mis hojas, los huéspedes se abrigaban del sol y de la lluvia.
Pero una noche, la amenaza llegó hasta nosotros. El búho, que venía de un lugar remoto, dijo que estaba huyendo de unos bárbaros que andaban arrasando con todo. Había volado mucho buscando protección, pero no estaba seguro de poder escapar. Los bárbaros estaban por todas partes. La noticia provocó un revuelo. ¿Cómo defendernos de algo que parecía tan peligroso? Traté de calmarlos:
-No se preocupen, mis amigos. Es difícil que lleguen aquí.
El búho no estaba de acuerdo:
-No te confíes, arbolito. No hay un sitio en el mundo que ellos no puedan encontrar.
No pasó mucho tiempo para eso.
Primero llegaron los hombres con cascos en la cabeza. Extendían planos y tomaban medidas. Luego, fueron las máquinas que rugían como demonios. Observamos, horrorizados, cómo acababan con los naranjos que yo tanto había envidiado. Entonces, sentí mucha tristeza y rabia. En su lugar construían casas. Mis amigos estaban tan asustados…, pero no querían dejarme solo. Yo no podía permitir  que ellos salieran lastimados por mi culpa.
-Es mejor que se vayan-dije.
-Hagan caso-dijo el búho-. No podemos luchar contra ellos.
-Tienen razón-comentaron las ardillas, que bajaron por el tronco y corrieron hacia el horizonte.
-¿Qué hacemos con nuestros nidos?-preguntaron los pájaros.
-Los protegeré-prometí, aunque no tenía idea de cómo iba a hacerlo.
-Yo te ayudaré-dijo la pereza, mostrando las garras.
-Yo también-dijo la chicharra, engrinchando las alas.
¡Qué emoción sentí! Mis amigas eran, en verdad, muy valientes.
Al amanecer, los hombres me miraban de arriba abajo. 
-Este árbol entorpece nuestro trabajo-dijo uno.
-Sí, hay que tumbarlo-respondió otro-. Esperemos al jefe para comenzar.
Había que salvar los nidos. La única forma era trasladarlos a otro lado. Pero la pereza era lenta, la chicharra era frágil y yo no podía correr.
-Miren, se acerca alguien -dijo la chicharra.
Era el jefe que venía acompañado por un niño. Mientras los hombres se alistaban para dar fin a mi existencia, el niño subió a mis ramas. Sacando fuerza de lo más profundo de mi tronco, me balanceé suavemente de un lado a otro. El viento me acompañaba. Nunca fue tan dulce y suplicante el canto de un árbol: Mira lo que quieren hacer conmigo, ¿puedes ayudarme? Creo que el niño me escuchó, porque tomó un nido y corrió con él entre sus manos:
-¡No lo cortes, papá! En este árbol hay muchos nidos.   

Ahora estamos aquí, disfrutando de la brisa y del sol. La pereza flojea como siempre, la chicharra chilla como nunca y, yo, feliz, en el centro de la plazoleta  donde juegan los niños de la urbanización. Hay una fuente, flores y mariposas. Las aves vienen y van. Muchas se quedan. Nada es mejor que despertar con sus trinos y ver los nidos llenos de pajaritos.   

Olga Cortez Barbera
Imagen es.123rf.com

CANCIÓN DE AMOR





CANCIÓN DE AMOR
Rainer María Rilke

¿Cómo sujetar mi alma para
que no roce con la tuya?
¿Cómo debo elevarla
hastas las otras cosas, sobre ti?
Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido,
en un rincón extraño y mudo
donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse.

Pero todo aquello que tocamos, tú y yo,
nos une, como un golpe de arco, 
que una sola voz arranca de dos cuerdas,
¿En qué instrumento nos tensaron?
¿Y qué manos nos pulsa formando ese sonido?
¡Oh, dulce canto!