domingo, 31 de mayo de 2015

Dibujos animados 3d lindo monstruo Foto de archivo - 15743272
PELIGROSO

         Mamá no me deja salir de casa solo. Y a mí me encanta la aventura. Si pudiera, me enfrentaría a lo desconocido. Exploraría las selvas misteriosas, subiría a los árboles más altos y atravesaría las profundas aguas del mar. Visitaría todos los lugares que mi abuela dice que existen, pero debo tener cuidado. Ayer salí en secreto y, como me advirtió mamá, me enfrenté al ser más horripilante y peligroso que hay en el mundo.
         Soy el más chico de la familia, por eso me cuidan tanto. Es un fastidio porque, mientras mis hermanos corren afuera como chiflados y juegan al escondido, debo quedarme tranquilito, paseando de una habitación a otra, hasta que mi abuela se desocupa y me cuenta historias. Entonces, mi imaginación estalla como luces de bengala. 
         Cuando mis hermanos duermen, felices y agotados, me pongo a ver el cielo. Está muy lejos. Me pregunto que habrá al otro lado, si las nubes serán relleno de cojín, o las estrellas luciérnagas espaciales. Abuela comenta que la luna es un jardín de conejos. Para papá no es más que una gigantesca torta de queso.
         -No le llenen la cabeza de ideas locas-protesta mamá-. Un día de estos querrá viajar a la luna para averiguar.
          A mí me parece una idea fabulosa.
         Adoro a Juan. Él me entiende y me rescata del cautiverio. Espera a que nadie lo vea y… ¡zuam!, me carga y salimos al jardín. ¡Qué lindo es! La grama es olorosa. Y hay pájaros alegres y frutas picoteadas. Una vez, me llevó al parque y comprobé que era tan espectacular como decía mi abuela. Fue un ratito, el ratito más emocionante de mi vida. Cuando regresamos, Juan dijo:
         -Otro día lo hacemos de nuevo.
         Nadie se dio cuenta de nuestra fuga, y yo me puse a pensar en lo que había visto: niños jugando, flores abiertas y árboles susurrando. No había nada de peligro. Al contrario, todo era tan perfecto, que mi corazón vibraba porque quería quedarme allí el resto de la existencia.
         Ayer desperté temprano, cuando sentí el sol en la cara. Me paré y escuché con atención. No se oía nada, sólo la respiración del sueño. Yo quería ir al parque. Fui al cuarto de Juan, pero estaba rendido. Tal vez no iba a la escuela y descansaría como un oso, quién sabe hasta cuándo. No podía contar con él. Llegué a la sala y… ¡Sorpresa!, la puerta estaba abierta.
         Salí y me encegueció la luz de la mañana. Pasó rápido. Miré a todos lados y no había rastros de monstruos ni de fieras. ¡Que se aparecieran y ya verían con quién se enfrentaban! Todo estaba en paz.
         Bajé los escalones, contento por la fantástica aventura que me esperaba. Olía a monte y a limón verde. De pronto, sentí que las matas se estremecían. Recordé lo que había dicho mamá y me asusté. Como no pasaba nada, pensé: “son ideas mías”. No, cuando casi llegaba a la calle lo vi, agazapado entre los arbustos, con la intención de acabar conmigo.
         Era horrible, el ser más maligno que había visto en mi vida, corpulento y peludo. Sus ojos parecían dos antorchas que podían achicharrar de un vistazo. Me observaba como si fuera su más grande enemigo. Yo quería regresar, pero la entrada de la casa ya estaba lejos. Además, quedé petrificado. 
         Una guacamaya huyó espantada cuando lo vio. Soltó algunas plumas del susto. El monstruo no esperó más y saltó. Me amenazaba con sus enormes garras. Gruñía como un loco y soltaba un vapor espeso. El aliento era una mezcla de pescado podrido y leche agria. ¡Wuac, olía muy mal! Entonces, no tuve duda: era un enviado del infierno.
         Salí de la parálisis y escapé. Yo corría y él detrás. Entré y salté sobre los muebles. Él también. Subí a la mesa y en un segundo estaba a mi lado. Trepé por la biblioteca, como una araña. Me veía burlonamente desde el suelo. Yo creía que estaba a salvo cuando saltó como una rana. Era la bestia o el abismo. No lo dudé. Caí sobre el revistero. El monstruo hizo lo mismo y se llevó un adorno de cristal por el medio. Arrinconado y sin saber qué hacer, sentí que era el fin.
         Juan escuchó el ruido. Imaginó que era un bandolero y vino con su bate de béisbol para defenderse. Caminando lento, observaba el desastre de vidrios rotos. Yo, mientras tanto, veía llegar el zarpazo brutal que terminaría con mis deseos de aventuras, o lo que era peor, con mi corta vida. Entonces, sucedió un milagro, Juan nos vio y gritó:
         -¡¿Qué haces Micifuz?! 
         La bestia recogió su garra y respondió:
         -¡Miau!
         Indiferente y con el paso pausado de los felinos, se fue a la cocina. Nosotros hicimos lo mismo. Juan agarró una manzana y a mí me dio un trozo de queso. Olía exquisito. Salté del bolsillo de su camisa para comérmelo.


Olga Cortez Barbera

Imagen es.123rf

OREJÓN



Este es un cuento que forma parte de mi libro de cuentos "Orejón".

MI AMIGO ES OREJÓN

 Mi amigo no es un fenómeno. ¡Claro que no!, aunque sea el orejón más grande que he visto en mi vida. Me provocaba colgarlo por las orejas, como con las piñatas, pero si se les despegaban podía verse más feo.
No me gustaban esas orejas. Nunca había visto otras así. Por eso me hacía el loco para no salir con él. ¿Quién se aguantaba las bromas de mis amigos? Mejor que se quedara en casa. Pero mis padres me decían que él también necesitaba pasear. Me obligaban a que lo llevara conmigo. Supuse que ya lo querían más que a mí. ¡Qué rabia me daba!
Mamá piensa que a los hijos únicos les hace falta con quién jugar. Me dijo que sería fantástico que Felipe pudiera convertirse en un buen compañero.
-¿Compañero? ¡Ojala que no se convierta en mi enemigo!-, protesté.
Él me miraba como bobo, y yo me hacía el indiferente. No le importaba. Me seguía a todos lados. Cuando supe que no podía hacer nada para que lo echaran de la casa, comencé a planificar cómo eliminar esas orejotas de elefante.
Si se las recortaba con un bisturí, solucionaría el problema. Tal vez se viera mejor pero, pensé que el dolor sería insoportable. Pobre. Mejor que no. Luego quise envolverle la cabeza como a un faquir ¡Ja, cómo se burlarían todos! Al final traté de ponerle una gorra, y no se dejó. 
A los días me di cuenta de lo obediente que era. Casi ni se sentía, como si le diera miedo que su presencia nos molestara. Poco a poco fui comprendiendo que sólo deseaba quedarse, y no robarme el amor de mis padres. Entonces decidí darle una oportunidad. Por eso, una tarde, cuando llegué del colegio, le dije:
-Vamos a jugar fútbol al patio.
Los ojos le brillaron de contento. Mientras yo calentaba, lo miré como si lo hiciera por primera vez. “¿Jugar fútbol con él?”, me pregunté. Rechoncho y con las piernas cortas y torcidas, quizás no lo hiciera muy bien.
¡Qué sorpresa me llevé! Saltaba como un canguro. Y cuando pescaba la pelota, corría como un venado. Era más veloz que yo. Parecía un atleta olímpico. Fue divertido. Cuando nos cansamos de jugar, mamá trajo la merienda. Con qué gusto nos la comimos.
Papá se puso contento cuando vio que lo aceptaba, aunque aun no lo había llevado con mis amigos. Sí, pasaba mucho tiempo con él, pero a veces me fastidiaba. Además de orejón y cambeto, era un glotón. Acababa con su comida y después quería comerse la mía. Como ya tenía confianza, no le importaba demostrar su glotonería. Comenzó a engordar tan rápido, que mamá se preocupó:
-Deja de darle golosinas, si no quieres que se enferme.
Mi amigo, apenas sospechaba que yo me las comía a escondidas, llegaba como una tromba  para que le diera. 
-Allá tú, Felipe, si te revientas como un globo-le decía.
Yo lo entiendo, porque a mí también me gustan las golosinas.
Mis amigos me invitaron a jugar fútbol.
-Lleva a Felipe que queremos conocerlo-dijeron.
Casi no pude dormir pensando en lo que dirían cuando lo vieran.
Subimos al auto de papá. Yo le había tomado mucho cariño al Felipe. Si antes me daba vergüenza que se burlaran de mí, ahora me dolería que se burlaran de él. También me preocupaba lo que pudiera decir Patricia, la niña de los ojos grandes y negros que siempre se acercaba y se ponía a vernos jugar.
 Apenas llegamos, todos corrieron hacia nosotros. Lo cierto es que no tenía por qué preocuparme. Mi amigo les cayó muy bien. Claro que sus orejas no pasaron desapercibidas, y alguien quiso hacerse el chistoso diciendo que parecía un chancho. Pero Patricia ignoró el comentario y exclamó:
-¡Qué simpático es!
 Ella y él se quedaron debajo de un árbol mientras nosotros pateábamos la pelota. Ya estaba a punto de meter un gol, cuando tropecé y me torcí el pie. El dolor en el tobillo me hizo abandonar la partida. Caminé renqueando hasta un banco. El orejón me vio y vino al instante. Patricia se quedó hablando con una amiga. Los demás siguieron jugando sin mí.  
Sólo él estaba a mi lado. No le importó dejar a la niña más linda del mundo para acompañarme. Sus ojos me miraban. No necesitaba hablar para entender lo que me quería decir:
-Soy tu mejor amigo.
Es verdad, Felipe es orejón, rechoncho y cambeto. Pero ya no es feo, al contrario, es perfecto. Mi amigo es lo máximo. Como dice papá, él es un cazador, un hermoso y noble perro de la raza basset hound.
Olga Cortez Barbera

lunes, 11 de mayo de 2015

ESTA NOCHE, AMOR


No deseo despertarte, amor,
ahora que has soltado los nudos 
de las rutinas y los quehaceres
y deambulas por las colinas 
donde nacen los sueños serenos.

En esta claridad nocturna
que asoma por la ventana,
por sobre el canto del grillo,
escucho tu respiración…
¡Allá va una estrella fugaz!

Aleja, madre, angustias,
las hornillas están apagadas,
tus hijos ya están en sus casas
y tus ángeles y tus santos 
vigilan cada portón.

¡Morfeo, libera las marras!
¡Pronto, iza las velas!
Toma, querida, el timón,
vete a pescar utopías
a ese lado de la frontera.

Bajo el mirar de la luna,
la misma que oyó tus quimeras,
entre júbilos y congojas, 
a mí me da por buscar
la alforja de los recuerdos.

Y modula tu voz cantarina
a Marini y a Depiní,
tarareas a Los Churumbeles,
un bolero del Trío Los Panchos,
mientras cuelas un rico café.

Entonces, mido la vida,
siento que se estrechan los cercos,
que se abren, al fondo, las puertas
y que se lanza, así, de repente,
una de las dos, a volar.

Por eso, esta noche, he pedido,
a esa estrella fugaz,
que extienda los hilos del tiempo
para que el resto de mis mañanas
tú despiertes y, yo, te oiga cantar.




Olga Cortez Barbera