domingo, 31 de mayo de 2015

OREJÓN



Este es un cuento que forma parte de mi libro de cuentos "Orejón".

MI AMIGO ES OREJÓN

 Mi amigo no es un fenómeno. ¡Claro que no!, aunque sea el orejón más grande que he visto en mi vida. Me provocaba colgarlo por las orejas, como con las piñatas, pero si se les despegaban podía verse más feo.
No me gustaban esas orejas. Nunca había visto otras así. Por eso me hacía el loco para no salir con él. ¿Quién se aguantaba las bromas de mis amigos? Mejor que se quedara en casa. Pero mis padres me decían que él también necesitaba pasear. Me obligaban a que lo llevara conmigo. Supuse que ya lo querían más que a mí. ¡Qué rabia me daba!
Mamá piensa que a los hijos únicos les hace falta con quién jugar. Me dijo que sería fantástico que Felipe pudiera convertirse en un buen compañero.
-¿Compañero? ¡Ojala que no se convierta en mi enemigo!-, protesté.
Él me miraba como bobo, y yo me hacía el indiferente. No le importaba. Me seguía a todos lados. Cuando supe que no podía hacer nada para que lo echaran de la casa, comencé a planificar cómo eliminar esas orejotas de elefante.
Si se las recortaba con un bisturí, solucionaría el problema. Tal vez se viera mejor pero, pensé que el dolor sería insoportable. Pobre. Mejor que no. Luego quise envolverle la cabeza como a un faquir ¡Ja, cómo se burlarían todos! Al final traté de ponerle una gorra, y no se dejó. 
A los días me di cuenta de lo obediente que era. Casi ni se sentía, como si le diera miedo que su presencia nos molestara. Poco a poco fui comprendiendo que sólo deseaba quedarse, y no robarme el amor de mis padres. Entonces decidí darle una oportunidad. Por eso, una tarde, cuando llegué del colegio, le dije:
-Vamos a jugar fútbol al patio.
Los ojos le brillaron de contento. Mientras yo calentaba, lo miré como si lo hiciera por primera vez. “¿Jugar fútbol con él?”, me pregunté. Rechoncho y con las piernas cortas y torcidas, quizás no lo hiciera muy bien.
¡Qué sorpresa me llevé! Saltaba como un canguro. Y cuando pescaba la pelota, corría como un venado. Era más veloz que yo. Parecía un atleta olímpico. Fue divertido. Cuando nos cansamos de jugar, mamá trajo la merienda. Con qué gusto nos la comimos.
Papá se puso contento cuando vio que lo aceptaba, aunque aun no lo había llevado con mis amigos. Sí, pasaba mucho tiempo con él, pero a veces me fastidiaba. Además de orejón y cambeto, era un glotón. Acababa con su comida y después quería comerse la mía. Como ya tenía confianza, no le importaba demostrar su glotonería. Comenzó a engordar tan rápido, que mamá se preocupó:
-Deja de darle golosinas, si no quieres que se enferme.
Mi amigo, apenas sospechaba que yo me las comía a escondidas, llegaba como una tromba  para que le diera. 
-Allá tú, Felipe, si te revientas como un globo-le decía.
Yo lo entiendo, porque a mí también me gustan las golosinas.
Mis amigos me invitaron a jugar fútbol.
-Lleva a Felipe que queremos conocerlo-dijeron.
Casi no pude dormir pensando en lo que dirían cuando lo vieran.
Subimos al auto de papá. Yo le había tomado mucho cariño al Felipe. Si antes me daba vergüenza que se burlaran de mí, ahora me dolería que se burlaran de él. También me preocupaba lo que pudiera decir Patricia, la niña de los ojos grandes y negros que siempre se acercaba y se ponía a vernos jugar.
 Apenas llegamos, todos corrieron hacia nosotros. Lo cierto es que no tenía por qué preocuparme. Mi amigo les cayó muy bien. Claro que sus orejas no pasaron desapercibidas, y alguien quiso hacerse el chistoso diciendo que parecía un chancho. Pero Patricia ignoró el comentario y exclamó:
-¡Qué simpático es!
 Ella y él se quedaron debajo de un árbol mientras nosotros pateábamos la pelota. Ya estaba a punto de meter un gol, cuando tropecé y me torcí el pie. El dolor en el tobillo me hizo abandonar la partida. Caminé renqueando hasta un banco. El orejón me vio y vino al instante. Patricia se quedó hablando con una amiga. Los demás siguieron jugando sin mí.  
Sólo él estaba a mi lado. No le importó dejar a la niña más linda del mundo para acompañarme. Sus ojos me miraban. No necesitaba hablar para entender lo que me quería decir:
-Soy tu mejor amigo.
Es verdad, Felipe es orejón, rechoncho y cambeto. Pero ya no es feo, al contrario, es perfecto. Mi amigo es lo máximo. Como dice papá, él es un cazador, un hermoso y noble perro de la raza basset hound.
Olga Cortez Barbera

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